| by Damian Profeta | |
| Published on: Sep 29, 2001 | |
| Topic: | |
| Type: Opinions | |
| https://www.tigweb.org/express/panorama/article.html?ContentID=81 | |
| Nota: Este ensayo fue escrito durante el mes de Agosto de 2001. Pocos meses después ocurriría la debacle del “19 y 20 de Diciembre”. Por Damián Profeta “Un hombre, aparentemente indignado contra una decisión del gobierno local, entró en la sala del Parlamento y comenzó a disparar, matando a 15 personas...” “El tirador gritó pidiendo que su queja fuera tomada en consideración”. Las elecciones A poco más de dos semanas de realizarse las elecciones nacionales para diputados y senadores, el panorama acerca del resultado de las mismas se presenta algo menos que incierto. Pareciera que las preocupaciones de los ciudadanos transitan por otros caminos que los referidos a la contienda electoral. Al menos dos variables se cruzan y configuran un escenario preelectoral singular: la sensación de una inminente guerra de características insospechadas, tras la respuesta bélica por parte de los EE. UU., luego de los atentados terroristas perpetrados en las ciudades de New York y Washington; y la profunda y prolongada recesión económica que ha dañado los bolsillos de toda la ciudadanía, tras varios ajustes consecutivos realizados por el gobierno de la Alianza, que asumió el Poder Ejecutivo Nacional en diciembre de 1999, y que derivaron en una sensación de malestar social generalizado y en manifestaciones a diario de descontento y oposición por parte de las organizaciones de trabajadores y estudiantes. A dichas variables, se le suma un sentimiento que gana más adeptos día a día, de no vislumbramiento de mejoras y progreso individual y colectivo a corto o mediano plazo, que hace que muchos -en una proporción cada vez más preocupante- decidan dejar el país para probar suerte en otros horizontes. Entonces, así planteada la situación, resultaría lógico entender por qué las elecciones no son el tema rector del momento. Sin embargo, cabe sospechar que este desinterés obedece a fenómenos más profundos y situaciones más arraigadas en la sociedad argentina de comienzos del Siglo XXI, que los aspectos coyunturales mencionados anteriormente. A dieciocho años de reinstaurado el régimen democrático en el país, ha quedado muy lejos la euforia de los primeros momentos del gobierno del Dr. Alfonsín. Aquello de que “con la democracia se vive, se come y se educa”, parece, si no una broma de mal gusto, al menos, una exorbitante expresión de deseo. La realidad democrática pareció, muchas veces en estas casi dos décadas, querer demostrar todo lo contrario. No sólo pasó la euforia, con ella, también fue quedando atrás la idea generalizada de pertenecer a un partido político y a partir de él acceder a los espacios de poder que posibilitarían el cambio; disminuyó notablemente la confianza en las instituciones y cada día la política le resulta más ajena a los ciudadanos. Hoy, un número creciente de población vota de manera diferente en cada elección a la vez que crece la cantidad de personas que no se sienten identificadas por algún partido político. Según los resultados de las últimas elecciones nacionales de 1999, uno de cada cuatro argentinos no emitió voto, o fue y votó en blanco, es decir por nadie. Sobre este distanciamiento entre la política y la ciudadanía, que se ha dado en llamar crisis de representación, se afirma que es un fenómeno que trasciende una sociedad en particular y se extiende de manera más o menos similar a todas las democracias del mundo y que sería a causa del fenómeno denominado globalización, que ha puesto en tela de juicio el papel central que desempeñaba el Estado-Nación y el contrato nacional de bienestar social. Este fenómeno habría instaurado nuevas reglas de juego que no dependen de la voluntad de los gobernantes y que deben ser aceptadas aun a costa de los graves inconvenientes que puedan desencadenar en cada país, limitando ampliamente la capacidad de decisión y acción de los gobiernos. De esta manera se llega a la conclusión de que la política habría perdido toda capacidad de transformación social y que gobernar es sinónimo de “administrar lo que hay”. Y esto explica, en parte, el por qué del creciente desinterés en la política.Sin embargo es imperioso destacar que, si bien los argentinos y argentinas cada día confían menos en los partidos políticos y en la política, en los parlamentos –en todos sus niveles-, en las fuerzas de seguridad, en el poder judicial y en todas las instituciones y organizaciones que tradicionalmente configuran y dan entidad al régimen democrático, también es cierto que este alejamiento, progresiva pérdida de confianza y hasta rechazo por los partidos políticos y la política en general, se enmarca en una aún alta valoración del sistema democrático y su legitimidad, por encima de cualquier otra forma de gobierno. También, habría que decir que muchas veces, el apelar a los condicionamientos externos y a la globalización, termina siendo una excusa para no afrontar de manera decidida y madura los problemas nacionales, abortando toda discusión sobre diferentes caminos a seguir, presentando al estado actual de las cosas como fruto de una única opción posible. Entonces, se está abordando un fenómeno global, pero con particularidades esencialmente locales que es necesario tener en cuenta para no caer en equívocas generalizaciones y visiones deterministas. Por lo tanto, si coincidimos en que la forma democrática de gobierno es valorada positivamente, y que nuestra democracia no es otra cosa que una democracia de partidos, y que éstos están severamente cuestionados en cuanto a su representatividad, pero qué puede y debe pensarse en distintas aproximaciones y variables de cambio para que la política y los partidos sean el enlace privilegiado entre la persona, la sociedad y el estado, canalizadores efectivos de las demandas sociales, promotores de ideales de sociedad y medios dinámicos y transparentes para alcanzar el poder, debemos sincerar el diagnóstico, para que sea lo más fiel posible, y a partir de allí ser exigentes con nosotros mismos y plantear nuevos caminos viables. Los pésimos Una enumeración de los pésimos de la política, sin querer dar un orden de mérito y entendiendo que unos están relacionados con otros, incluiría: corrupción, financiamiento poco transparente, burocracias partidarias enraizadas en el aparato público, falta de rendición de cuentas de los actos de gobierno, ineficacia y falta de pericia en la gestión, clientelismo, falta de renovación de la dirigencia, incapacidad real de recoger y canalizar las opiniones populares, demagogia en el discurso. Por último, mas no menos importantes, pero que requieren un trato cuidadoso para no caer en crítica fácil, se encuentra planteado en la sociedad la discusión sobre las llamadas “listas sábanas” y el “excesivo costo de la política”. Sobre este último –el costo de la política-, me referiré especialmente.Está en la agenda pública del momento, la discusión sobre el “excesivo costo de la política” y se lo muestra como el condicionante para la eficiencia, la equidad y el desarrollo. Si bien es cierto que debe analizarse el tema muy seria y acabadamente, buscando crear y asegurar el funcionamiento de mecanismos de transparencia y control del dinero que se utiliza para financiar la política, con la intención de limitar al máximo posible la corrupción, los gastos excesivos (que existen y en ocasiones se tornan vergonzosos) y la utilización con fines privados de los recursos del Estado, satanizar el costo de la política no puede ser más que una mirada naif, o lo que resulta peligroso, encerrar un interés que no tiene que ver con la equidad y el desarrollo, sino con el liso y llano ataque a la política y/o el interés por la instauración de una política de carácter elitista (en este sentido, también se sataniza a la lista sábana) y reemplazar los mecanismos de representación republicanos por el gerenciamiento de unos pocos profesionales de la política. Al respecto, datos difundidos por los medios de comunicación dan cuenta de que si se decidiera cerrar el Congreso Nacional –recordemos que esto ya sucedió durante las dictaduras militares-, todas las legislaturas y todos los concejos deliberantes del país, el ahorro generado sólo alcanzaría para pagar los intereses de la deuda externa durante dos meses. El enfoque sobre los costos de la política debe ser más integral: por ejemplo, que la ANSES sea una administración nacional de la seguridad social y no un coto de caza de la política. La reforma Como un esbozo de medidas que toda reforma política debe incluir, -que según las manifestaciones del Poder Ejecutivo, la gran cantidad y variedad de proyectos presentados en el Congreso de la Nación y la más o menos formada opinión pública de su necesidad, resulta inminente- se considera imperioso: Limitar los plazos de las campañas electorales, según sean presidenciales o legislativas. Limitar el tiempo de propaganda televisiva (el costo más abultado actualmente) Regular los aportes privados a las campañas, así como limitarlos en cantidad y establecer el carácter público de los mismos. Institucionalizar mecanismos de rendición de cuentas de los funcionarios y transparentar, haciendo públicos, los gastos de las administraciones gubernamentales. Definir el mecanismo de elección que posibilite un mayor marco de decisión por parte de los ciudadanos al elegir a sus representantes. La reforma política puede representar un importante avance en la lucha contra la corrupción y el gasto desmedido. Sin embargo, todas estas regulaciones necesarias no resultarán suficientes si no se replantean también ciertos aspectos de la vida diaria de los partidos políticos.En aras del avance desde una política alejada de la ciudadanía, hacia una política integrada con el devenir de la sociedad y en sintonía con las necesidades y aspiraciones de la población, considero necesaria una complementación entre, por un lado una reforma política que ponga reglas de juego, transparencia y límites a los excesos, y por otro, una dinamización y reinterpretación funcional de los partidos que redunde en un cambio en la manera de relacionarse con los ciudadanos orientado a generar mayores grados de confianza y cohesión interpersonal y colectiva. Algunos cambios que pienso que los partidos necesitan afrontar se refieren a: -Repensar los mecanismos decisionales actuales y evaluar la necesidad de reemplazarlos por formas más ágiles, integradoras y convocantes. -Pensar sobre la necesidad y conveniencia de “abrir más” al partido, haciendo que la participación no sea exclusivamente en momentos de asamblea o de campaña. -Pensar en conjugar las nuevas maneras de participación –a las que me referiré más adelante- con la dinámica diaria del partido, buscando maneras de integrar las distintas formas asociativas con la estructura del partido con flexibilidad y sentido de apertura e intercambio. -Conformar equipos técnicos mixtos, integrados por miembros del partido y representantes de organizaciones sociales, incorporando nuevos planteos teóricos y buscando conjuntamente soluciones. -Garantizar mecanismos de información sobre el manejo de los bienes del partido, tanto para sus miembros como para la ciudadanía en general. -Darle suma importancia al cultivo y acrecentamiento del ejercicio de la “amistad cívica”, buscando la generación de instancias de interacción con otros partidos y actores sociales, concertando en base a puntos de unión, privilegiando la unidad en la diversidad. -Pensar en el “largo plazo”, y no quedarse en la urgencia electoralista únicamente, sino proponer soluciones concretas a los distintos intereses y plantear modelos de sociedad posibles. -Hacer de su vida interna partidaria un ejemplo de micro sociedad democrática, rechazando enfáticamente las prácticas que al exterior serían reprobables. Esta enumeración, no pretende ser completa, pero busca dar una idea del modelo de partido que creo puede hacer que ciudadanía y política regeneren la confianza perdida.Este trabajo, -que más que una síntesis acabada de procesos y fenómenos sociales complejos, busca ser una aproximación a desafíos y oportunidades percibidas sobre el estado de situación de la democracia argentina actual, en pro de superar el hiato existente entre, en primera instancia, individuo y política, pero que redunda finalmente en un hiato entre sociedad y Estado- no puede obviar la mención de la denominada sociedad civil, ni caer en la falacia de la incredulidad sobre las posibilidades del aporte de la sociedad civil a la democracia, en cuanto a representación de intereses y capacidad de aportar al proceso de generación de capital social y al desarrollo nacional. Tampoco puede caerse en la insensatez de confundir los roles y funciones de las instituciones gubernamentales y las organizaciones de la Sociedad Civil, y pretender pensar que unas pueden reemplazar a las otras. Es importante ver las diferencias entre fines, medios y lógicas de funcionamiento y pensar en mecanismos que posibiliten mayores grados de interacción y articulación, como una clara posibilidad de fortalecer integralmente a la democracia. Posibilitar instancias multisectoriales de debate, propuesta, búsqueda de consensos y toma de decisiones, tiene que ser un objetivo prioritario para el avance democrático. El laberinto y el hilo Sin duda, la política está como perdida en un laberinto. Los que nos preguntamos cómo hacer para salir del laberinto pensamos en el mito de Teseo y el Minotauro y ansiamos encontrar un hilo que nos conduzca a la salida. Hay dos posibilidades: o seguimos caminando desorientados, con el riesgo de llegar al medio del laberinto, donde nos espera el Minotauro, o detenemos la marcha, reflexionamos y empezamos a mirar más atentamente, buscando un hilo que nos lleve a la salida. Dominados por una visión materialista de la vida, basada en el consumo y el éxito personal, con la corrupción prácticamente como regla de juego y la racionalidad técnica como lo óptimo, sin cuidar el debate de los fines y los medios, hace que nos adentremos más y más en el laberinto, haciendo peligrar cualquier esfuerzo de cambio. Es entonces, que el hilo conductor debe ser la ética, y en base a ella, plantearnos la reestructuración de los valores en los que nuestra sociedad se sostiene.Próximos a elegir por primera vez a nuestros representantes en el Senado de la Nación, ya se dijo, la mente de los ciudadanos está fijada en el momento de crisis económica, y poco en la valoración de este hito en la historia de nuestra democracia. También se dijo que los resultados parecen inciertos, producto del acentuado distanciamiento entre ciudadanía y política. Un dato más a tener en cuenta es que, según difundió una encuesta, los jóvenes que nacieron en 1983, es decir que vivieron la totalidad de sus vidas en democracia, sin conocer la dictadura militar, a pesar de admitir sus deseos de participar en “la cosa pública”, el 94 por ciento no está afiliado -ni tiene pensado hacerlo-, a ningún partido político y su intención de voto en el mejor de los casos está definida por la preferencia de sus padres, siendo preocupante el altísimo nivel de indecisión. La crisis, representa desafíos y oportunidades. La situación actual no es una desgracia sin remedio, el laberinto tiene un hilo, es una oportunidad para decidir encarar el desafío de encontrar la salida: democratizar la democracia. "Elegir es discernir y deliberar. El ignorante no discierne. Busca un tribuno y encuentra un tirano. La miseria no delibera, se vende. Por eso hay que alejar, en toda democracia, la miseria y la ignorancia". Juan Bautista Alberdi. Damián Profeta damianprofeta@argentina.com « return. |
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