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| Entre infierno, purgatorio, cielo, mesa, plataforma y consejo nacional de juventud |
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Creo que por designios del Señor, en los ires y venires de este último mes, me he visto sometida a un ejercicio brutal de construcción de una dimensión de la vida del país, a partir de los relatos de algunos de sus principales actores, que se ha movido siempre entre lo frio y lo caliente; lo pertinente y lo conveniente; lo políticamente correcto y lo desobediente.
Me ha tocado escuchar varias afirmaciones de funcionarios del Gobierno Central que en su involuntaria ignorancia, me hicieron dudar del real texto de la ley 375 y de la legitimidad de los derechos de, nosotros, los siempre pedigüeños jóvenes, tales como: "Colombia Joven...no tiene obligación directa con los Consejos de Juventud, eso le corresponde a los municipios y a las gobernaciones", "No podemos ratificar la Convención Iberoamericana de derechos de los jóvenes porque nos tocaría reformar la constitución para poder brindar educación gratuita para todas las edades y admitir la objeción por conciencia"...
También me vi involucrada en la tan famosa y de moda discusión sobre la Mesa Nacional Autónoma de Juventud y la Plataforma Nacional de Discusión, donde escuché cosas como: "...Es que no podemos dejar de reconocer que los Consejos no han servido y no sirven para nada", "...Tenemos el aval de Colombia Joven para presentar un proyecto de fortalecimiento de las Organizaciones de la Sociedad Civil ante su mesa inter-agencial de cooperación y ellas no priorizaron a los Consejos".
Deslumbrada por todas estas brillantes enunciaciones, desde esta mañana decidí sumergirme en una profunda sesión de meditación para encontrarme a mi misma, para tratar de desaprender el paquete vacío de la ley, la letra muerta de la Constitución, las lecciones de Cesar Dario, Mercedes, Harold, Diego y Fidel, y de pronto me encontré en un pasaje al estilo dantesco, cuyo primer destino era el infierno...
Allí pude vislumbrar en una casa de campo ardiendo en llamas a Anita y a Nico.Ellos, mientras asaban el chicarrón del sistema nacional de juventud, me explicaron que Colombia Joven no podía apoyar directamente a los Consejos porque no era de su competencia gastarse la plata en los jóvenes; sino en campañas políticas y que no podíamos seguir apareciendo ante las agencias de cooperación como si fuéramos unos pedigüeños, porque no era culpa de ellos que el Estado estuviera tan ocupado resolviendo lo de la seguridad en vez de resolver lo de los derechos; ni de que las políticas de ajuste hubiesen hecho del tema de juventud una broma.
Para ellos todo era más bien culpa de los jóvenes, que salen a gritar como locos a la calle dizque a pedir que se cumplan sus derechos en vez de salir a votar por quienes prometen dignidad, soberanía y seguridad alimentaria, todo a punta de bala.
Mientras trataban de justificarme la conveniencia de un referendo re-eleccionista y no de uno que le garantizara educación gratuita, universal, en todos los ciclos de formación a los jóvenes colombianos; como no soy dueña de una gran empresa y mi capital intelectual no cotiza en la bolsa, comenzó a quemarse una de las mangas de mi camisa y de la nada apareció mi mamá con un derecho de petición en la mano, apagó la llama y me llevó por un caminito estrecho de funcionarios enojados al ya más fresco purgatorio.
Sintiéndome un poco más relajada, me encontré en este paraje, sentada al lado de un chocoano, una paisa y un manizaleño. De un lado para otro y como buenas almas en pena, buscaban sin cesar una solución que liberara a un grupo de jóvenes elegidos popularmente para representar a otros jóvenes, de las llamas del infierno. Quienes ejerciendo esa poética y frágil autonomía que suele neutralizarse a cuenta de falsos positivos y manipulación politiquera, pudiesen ascender al cielo. Y fue en ese momento en el que les cayó una red del cielo, que era apenas útil para cumplir con tal cometido.
La tarea no iba a ser fácil. Enredada en una pata de la red, venía una mesa que casi los deja sin cabeza. Tenía en el centro, el sello de Colombia Joven y estaba recién pintada para ser exhibida ante las agencias de cooperación. Un tocayo, que gracias a Dios no tiene relación con el del infierno, venía encima de ella, explicándonos que dado que los Consejos no han funcionado y que con los politi-jóvenes apenas puede contarse, debía fortalecerse la juventud de base.
Recogiéndonos a todos en una plataforma, se encontraba tirando linea un buen demócrata, llamando a todos a recordar que, un pequeño grupo de siempre afortunados compañeros, miembros de organizaciones de alcance nacional, no elegidas por voto popular; vienen representándonos en todos los espacios internacionales desde hace un buen tiempo y alcanzando niveles de dirección muy importantes.
De manera inesperada un estruendo proveniente del palacio de Nariño, comenzó a hacernos temblar a todos y minutos antes de que nos fuéramos por la zanja que se había abierto en la mitad de la plataforma, nos cayó de un helicóptero una escalerilla. Su primer peldaño era la unificación del movimiento juvenil, el segundo eran varias acciones ciudadanas enlazadas y el último una buena elección de presidente, congresista y cuanto representante se pudiera elegir por voto popular.
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Writer Profile
Rosa Montero
Abogada, Consejera Distrital de Juventudes de Cartagena de Indias, Subsecretaria Nacional Universitaria del Partido Liberal Colombiano.
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